Raquel Mahiques, neuropsicóloga en IRENEA, desarrolla su labor en el área de neurorrehabilitación pediátrica del hospital Vithas Valencia Consuelo.
El curso pasado realizó una revisión sistemática que, hace unas semanas, fue reconocida con el primer premio del Colegio Oficial de Psicólogos de la Comunitat Valenciana.
Hoy compartimos en nuestro blog, de forma divulgativa, el sentido de este trabajo y por qué sus conclusiones resultan especialmente relevantes para la práctica clínica.
Más allá de la anorexia: ampliar la mirada
Durante años, la investigación se ha focalizado casi exclusivamente en la anorexia nerviosa. Sin embargo, la literatura más reciente empieza a mostrar que esta visión es parcial y que existen otras formas de relación con la comida que aparecen con mayor frecuencia en personas con autismo y que requieren una atención específica.
Con esta premisa, el objetivo de la revisión fue ampliar el foco, sintetizando la evidencia existente sobre la relación entre el autismo y otros trastornos alimentarios distintos a la anorexia, y tratando de comprender qué mecanismos podrían estar sosteniendo esta asociación.
Qué nos dice la evidencia científica
La revisión se llevó a cabo siguiendo el método PRISMA, analizando estudios publicados en la última década y evaluando su calidad metodológica mediante la herramienta JBI. Los resultados muestran que determinados trastornos alimentarios aparecen sobrerrepresentados en personas con autismo, entre ellos la bulimia nerviosa, el trastorno por atracón, el trastorno de evitación/restricción de la ingesta de alimentos (TERIA), incluido recientemente en el DSM-5, y la pica.
Además, varios estudios señalan que los rasgos autistas presentes en etapas tempranas de la vida se asocian posteriormente con la aparición de conductas alimentarias atípicas. Este hallazgo sugiere que dichos rasgos podrían actuar como factores de riesgo en el desarrollo de problemas alimentarios en etapas posteriores.

La selectividad alimentaria como punto clave
Uno de los resultados más consistentes de la revisión tiene que ver con la selectividad alimentaria, una conducta especialmente prevalente en el autismo. La evidencia indica que, cuando esta selectividad se combina con hipersensibilidad sensorial y rigidez cognitiva, puede evolucionar desde una fase inicial adaptativa hacia patrones más restrictivos y clínicamente problemáticos, llegando en algunos casos a derivar en TERIA.
Algo similar ocurre con la neofobia alimentaria. Las rutinas rígidas durante las comidas, características del autismo, favorecen el rechazo persistente a probar nuevos alimentos, consolidando este patrón a lo largo del desarrollo.
Ortorexia y rasgos autistas: un posible nexo
La revisión también pone de relieve la presencia de rasgos autistas en la ortorexia nerviosa, especialmente en aspectos como la baja flexibilidad cognitiva, la adhesión extrema a rutinas, los intereses restringidos o la rumiación. Desde esta perspectiva, la ortorexia podría funcionar como un punto de conexión entre el autismo y otros trastornos de la conducta alimentaria.
Implicaciones clínicas: detectar antes para intervenir mejor
En la discusión de los estudios revisados emerge una idea clave: los rasgos autistas no se distribuyen de forma dicotómica, sino a lo largo de un continuo, y atraviesan distintos trastornos alimentarios. En muchos casos, además, se plantea una direccionalidad en la relación, de modo que los rasgos autistas podrían preceder a los problemas alimentarios y no al contrario.
Todo ello tiene importantes implicaciones clínicas. La coexistencia entre autismo y alteraciones alimentarias suele asociarse a una menor respuesta al tratamiento y a un pronóstico más complejo, especialmente cuando el diagnóstico es tardío o los abordajes no están adaptados. De ahí la importancia de identificar estas señales de forma temprana y abordarlas desde una perspectiva interdisciplinar.
Una clave clínica con impacto a largo plazo
Como conclusión central, este trabajo subraya que:
Abordar los patrones alimentarios en la infancia, junto con las características sensoriales y cognitivas propias del autismo, podría reducir el riesgo de desarrollar trastornos alimentarios en etapas posteriores.
Detectar antes, comprender mejor y adaptar la intervención puede marcar una diferencia real en la trayectoria vital y en la calidad de vida de estos niños y sus familias.



